El nuevo libro de Mariano Velasco, en Diario ABC

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La Mancha, con sus treinta mil kilómetros cuadrados, es la región natural más grande de España. Es aceptado que el topónimo deriva del vocablo árabe «Manxa», que significaría tierra seca. Esa consideración general ha perdurado en el imaginario común de una buena parte de la sociedad española, sin embargo en esta altiplanicie de espartos y viñas, aflora uno de los conjuntos lagunares más interesantes de nuestro continente, reconocido por la Unesco desde 1981 y que en los últimos años ha recuperado gran parte de su esplendor pasado. A analizar la evolución histórica de esta espacio natural, sus mecanismos de defensa y su problemática se dedica el libro «La Mancha Húmeda: de cenagal a Reserva de la Biosfera» de Mariano Velasco Lizcano (Alcázar de San Juan, 1956), doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la UNED.

Bajo la denominación de Mancha Húmeda se designa un grupo de lagunas y encharcamientos naturales que se dispersan por las provincias de Ciudad Real, sur de Toledo y Cuenca, y oeste de Albacete, junto a los cauces de los ríos Guadiana, Gigüela, Záncara, Riánsares y Córcoles. Secularmente, su régimen hídrico variaba en función de las condiciones climáticas anuales. Su superficie se cifraba en torno a unas 27.000 hectáreas. Los enclaves más destacados de la misma son laslagunas de Ruidera y de Villafranca de los Caballeros, las Tablas de Daimiel y los llamados «Ojos del Guadiana», así como otros conjuntos fluviales menores, pero de gran interés ecológico, que se desperdigan por municipios como Alcázar de San Juan, Villacañas, Quero, Pedro Muñoz o Miguel Esteban.

Desde la más remota antigüedad, este conjunto de lagunas, charcones, vegas y tierras de difícil uso agrícola, eran lugar de anidada para numerosas aves palustres migratorias. Los habitantes de las poblaciones cercanas aprovechaban económicamente sus modestos recursos: salicor, anea, carrizo, sales diversas, arcillas, lodos e, incluso, pesca. Sin embargo, la contrapartida era la proliferación de numerosos insectos y con ellas las temidas amenazas, en tiempos lejanos, de fiebres tercianas o paludismo.

En el último tercio del siglo XIX, mediante la Ley de Aguas de 1879,se abrió la posibilidad de realizar actuaciones de desecación por motivos de interés social, como la ganancia de terrenos para usos agrícolas o de salud pública. Disposiciones como ésta abrieron las puertas al progresivo deterioro de este conjunto natural que alcanzaría su cenit un siglo después. Hitos en esta degradación serían normas como la dictada en 1918 sobre desecación de lagunas, marismas y terrenos pantanosos; o la declaración en 1951 de «La Mancha» como zona de Alto Interés Nacional de Colonización, permitiendo la perforación de una red de pozos para explotar el gran acuífero subterráneo manchego; o la nefasta ley de 1956 sobre saneamiento y colonización de los terrenos pantanosos que se extendían a los márgenes de los ríos Guadiana, Gigüela, Záncara y afluentes de los mismos en las provincias de Ciudad Real, Toledo y Cuenca. Al amparo de esta norma se desecaron lagunas, se destruyeron presas y antiguos molinos harineros, arrumbándose un importante patrimonio tanto de arquitectura popular como de ecosistemas naturales. Un triste dato: en el verano de 1971 el paraje de las Tablas de Daimiel quedó totalmente desecado. Durante aquella década, buena parte de los humedales manchegos se convirtieron en problema de salubridad para sus municipios, que no sabían cómo combatir los perjuicios de estos cenagales en las cercanías de sus casos urbanos.

Con la intención de poner fin a semejante situación, o al menos intentar remediar estas pérdidas, el 17 de febrero de 1981 el director general de la Unesco ratificó en París la decisión de declarar como reserva a la biosfera a los humedales manchegos. Pero como la inscripción en un registro no es garantía automática de preservación, cinco años después, casi el ochenta por ciento de las zonas reconocidas habían desaparecido o estaban en trance de hacerlo. A tal extremo llegaba el drama, que el propio Comité Español del Programa MaB, surgido a raíz de la Conferencia sobre la Conservación y el Uso Racional de los Recursos Naturales, se planteó retirar el título a la Reserva ante su rápido y progresivo proceso de degradación.

Desde entonces hasta hoy en día, treinta años después, la lucha emprendida por asociaciones ecologistas, profesionales como el propio Velasco Lizcano, la Junta de Comunidades, con luces y sombras, ayuntamientos o los diferentes organismos responsables de la gestión y explotación hídrica del Guadiana, han ido articulando diferentes medidas hasta conseguir que todo este conjunto presente un estado de preservación y consolidación aceptable. Este amplio y, en ocasiones, complejo proceso constituye el núcleo central del libro que comentamos. Una obra, editada por editorial Círculo Rojo, en colaboración con la Diputación Provincial de Ciudad Real y la Asociación Ecologista para la Defensa del Acuífero 23, que se complementa con una selección de artículos publicados por su autor en diferentes medios de comunicación, donde queda bien patente su compromiso crítico con este ecosistema esencial en nuestra región y su vocación de bregar para que la Mancha Húmeda continúe siendo paraíso natural donde cercetas, fochas, flamencos, garzas y otras ánades aniden y críen en mitad de esta gran llanura de viñas y espartos.

Mariano Velasco, cuya tesis doctoral «100 años de desarrollo de la Cuenca Alta del río Guadiana: 1898-1998», fue premiada por el Consejo Económico y Social de Castilla-La Mancha, es un veterano defensor de estos conjuntos lagunares, a los que ha dedicado varios trabajos editoriales. Junto a esa temática, también realiza investigación histórica, destacando su obra «Mancha Roja: República y Guerra Civil en la Mancha de Ciudad Real (1931-1939), publicada por Editorial Círculo Rojo.

Noticia e imagen extraídas del Diario ABC

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